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27 septiembre, 2026

SCHUON

 



       Dice FRITHJOF SCHUON (1907-1998) en su De la unidad trascendente de las religiones dentro del capítulo “Limitaciones del exoterismo”:

“Si Dios quisiera someter al mundo entero a una sola religión, los argumentos de ésta no serían tan débiles, ni los de ciertos sedicentes “infieles” tan fuertes; dicho de otro modo: si Dios no estuviera más que del lado de una sola forma tradicional, la potencia persuasiva de ésta sería tal que ningún hombre de buena fe podría sustraerse a ella”

       El primer comentario es que las religiones se inscriben dentro de un ámbito o nivel de conocimiento que implica la mínima certeza de sus afirmaciones o “creencias”, frente a los otros dos niveles que corresponden a las creencias ordinarias y a las creencias científicas. Las creencias ordinarias tienen la certeza suficiente (no es total) para que podamos guiarnos por ellas en las operaciones de la vida de cada día. Las creencias científicas se sostienen por un consenso de la comunidad científica y tienen ya un fuerte componente arbitrario: la ciencia no refleja una objetividad inapelable de las cosas sino una manera concreta de organizar dicha objetividad de acuerdo con los conceptos humanos, conceptos que varían según las subjetividades, las culturas, los intereses económicos…

       Las religiones, en cuanto cosmovisiones, no superan el nivel de la hipótesis plausible sobre lo que es el mundo en su totalidad. Todas ellas, o al menos las más importantes, son compatibles con los “hechos” del mundo. Es decir, ninguna es refutada de un modo claro por ellos. Y por eso se sostienen, basándose además en la necesidad que tenemos todos los humanos de encontrar una orientación en la vida. Dentro de las cosmovisiones se encuentran también, por cierto, el ateísmo y el agnosticismo, con su igualmente discutible visión que privilegia unos hechos, negando o distorsionando otros.

       El segundo comentario se refiere a la trascendencia de la divinidad, que se resiste siempre a ser encerrada en palabras o conceptos definitivos. Y el apofatismo de la divinidad es una forma de escepticismo. Y una actitud que debería acompañar a los hombres, religiosos o no, es la humildad, por la que, aun guiándome por mis propias creencias, me abro a la posibilidad de que las de otros sean o bien complementarias de las mías o bien incluso más adecuadas.

06 agosto, 2026

AUTOCONOCIMIENTO

 


       Como dice mi amigo José Luis Mira, saber quiénes somos es el trabajo de toda una vida. Esto significa que nunca se realiza completamente. Ahora bien, mientras avanzamos en ese camino, vamos superando esa tendencia psicológica a buscar morbosamente la aprobación de los demás, tendencia que nos llevaría a hacernos dependientes de ellos.

       Y, hablando de “dependencia”, sí hay una dependencia que se hace necesario reconocer. Es la dependencia radical de cada uno de nosotros con respecto al ser, a la divinidad, a la vida. “¿Qué tienes que no hayas recibido?”- nos recuerda San Pablo. Conocerse a sí mismo es no sólo ver nuestras peculiaridades con relación a otros (que también), sino, en última instancia, comprender profundamente hasta qué punto todo lo que tenemos tiene su origen fuera de nosotros. Vivenciar que nuestro yo, nuestro querido yo, es también dado, recibido. Para ello se precisa la observación y la meditación constantes.

      Asentarse en este convencimiento de la dependencia, a lo que nos lleva el verdadero autoconocimiento, excluye, como José Luis recuerda, tanto la autosuficiencia y vanagloria como ese complejo de culpa exacerbado por una idea religiosa equivocada. Una cosa es admitir la propia responsabilidad en las cosas que uno hace mal y otra pensar que todo el mal que hago depende de mí como sujeto. Porque esto iría en contradicción con ese reconocimiento de la “dependencia” en el sentido que acabamos de mencionar. Porque no todo el mal que hago depende de mí por eso puedo perdonarme. Por el mismo motivo, evidentemente, puedo perdonar a los demás…

       Como proclama Epicteto en su Manual, el que ha llegado a la sabiduría no culpa a los demás y ni siquiera ya a sí mismo:

                            Apaideúton érgon tò állois egkaleîn,

                                Lo propio del no educado es a los otros reclamar,

                            ef’ hoîs autòs prássei kakôs;

                                por lo que él hace mal;

                            ergménou paideúeszai tò heautô;

                                [lo propio] del que ha empezado a educarse, [reclamarse] a sí mismo;

                            pepaideuménou tò méte állo méte heautô.

                                 y del que ya está educado, [no reclamar] ni a otro ni a sí mismo.






09 julio, 2026

ANTROPOMORFISMO DIVINO

 


        Hay muchas personas religiosas que tienen sus textos sagrados y que están acostumbradas a proferir la cláusula “Dios dice”, sobre todo cuando se trata de condenar a otras personas o al menos determinadas acciones practicadas por otros. Tienen una gran seguridad, o una seguridad absoluta, de que Dios ha determinado tal cosa (preceptos de hacer o de evitar). Y hablan con una resolución y una ingenuidad realmente llamativas. Como cuando estamos seguros de lo que hemos oído hace pocos minutos o bien en nuestro portal o bien en un noticiario televisivo e incluimos en nuestra conversación frases tales como “mi vecina Laura dice que por fin van a reformar la escalera” o “Feijoo dice que el presidente debe dimitir”. Se atribuye en definitiva a la divinidad una locución que en nada difiere de la de los humanos con los que tratamos o de los que tenemos noticia, de modo que empleamos los mismos verbos “decir” o “hablar” que corresponden a nuestra comunicación ordinaria. La pregunta que me planteo es si esto no supera la condición de un simple “antropomorfismo”.

       Porque, hablando sobre todo del lenguaje de la Biblia, se ha disertado en bastantes ocasiones sobre los “antropomorfismos” que caracterizan a las acciones que realizaría la divinidad en su relación con los humanos. Tales antropomorfismos se han criticado como algo que en otras épocas era creído literalmente pero que ya en nuestros días no podría ser aceptado sino como metáforas. Estoy pensando en expresiones tales como que “Dios corre”, “se levanta”, “se irrita” o “se arrepiente”. Se ha sostenido que, en una visión depurada de la divinidad, habría que dejar de utilizar tal lenguaje y entenderlo en todo caso como la pintura narrativa de relaciones de compatibilidad o de incompatibilidad de la divinidad con realidades humanas. Por otro lado, habría de entenderse su introducción en el lenguaje bíblico como restos de modos míticos de hablar de diversas divinidades y sus intrincadas relaciones. Dentro de este paisaje mítico entrarían los mensajes concretos que estas divinidades mandan a los humanos, de modo que un dios puede mandar, prohibir y dar prescripciones minuciosas de cómo realizar las operaciones humanas.

       Es bueno reconocer que sí habría una diferencia al menos entre “Dios dijo” y “Dios dice”. Pues quien argumenta en clave de “Dios dijo” está situando la locución divina en un punto del tiempo pasado, como se sitúan en un tiempo pasado todas las acciones humanas que ya han sucedido. En tal caso, el antropomorfismo es bastante claro. Cuando determinados apologistas utilizan esta expresión están suponiendo que, si lo que está escrito en el Corán o en la Biblia pertenece a un tiempo determinado, pongamos hace 1400 o 1900 años, entonces Dios habló entonces, planteándose a continuación el problema, por parte de los que son más críticos, de si esa palabra antigua habría o no de actualizarse o cambiarse. El modo de hablar de estos apologistas es descaradamente antihistórico cuando proclaman que la palabra que Dios ha pronunciado una vez, por ser él Dios, no puede cambiar y sigue vigente tal cual.

       Al menos quien argumenta, aun basándose en los mismos textos, que “Dios dice…”, éste sí parece suponer que Dios se encuentra en otra dimensión por encima del cambiante tiempo humano y que esa palabra, aun teniendo una forma concreta o una dicción situada en la historia, corresponde a algo esencial que no puede cambiar con el tiempo que casi todo lo trastoca. Es como cuando Cristo dice, según el Evangelio de San Marcos, que “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13, 31). En esta frase se está atribuyendo a alguien palabras con valor absoluto, más allá de lo contingente, como una verdad permanente o una voluntad divina que está más allá de la variación humana. No entro en si esta frase en concreto se puede justificar o no, pero, al menos, quien habla así sabe lo que está defendiendo y no incurre, como el otro, en la simplicidad literalista de hablar de Dios como de un rey que, en un pasado remoto, da unas órdenes que nos afectan todavía hoy. 

       Pero aun en esta segunda versión, más sofisticada, encuentro que sigue siendo inaceptable que haya textos escritos en otra época que puedan seguir siendo considerados una “palabra divina” con la connotación de obediencia estricta que tal título lleva implícito. Todo nos muestra que las religiones son diversos intentos humanos de formalizar una relación humana con lo divino, más o menos acertados, en cuanto favorecen o no, realmente, a los humanos. La trascendencia de Dios, “semper maior” de lo que se pueda decir o pensar, impide que se le puedan atribuir expresiones humanas en las que siempre se pueden detectar las coordenadas espaciotemporales en que fueron proferidas por primera vez.

       Así, en el ámbito del cristianismo, es terriblemente difícil de justificar que un solo hombre pueda encerrar en sí todo lo que la divinidad significa para los humanos, para decirlo en palabras de San Pablo, que “en él habite corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9). Sí podemos entender en cambio que un hombre pueda ser camino válido hacia lo divino si ese camino no se absolutiza, si no se lo erige como único válido. La religión islámica, por más que insista en negar precisamente aquello del cristianismo que ella ve como inaceptable, por más que proclame que a Dios no se le puede asociar nada ni nadie, ha colocado al Corán en una posición tan cercana a lo divino y presuntamente tan independiente de cualquier circunstancia humana contingente, que ha llegado a considerar, en alguna de sus tendencias, su coeternidad con Dios. Pero si llega a este extremo, un “Sagrado Corán” increado, entonces la pregunta a la que tendrá que responder es qué diferencia hay entre éste y el Verbo con el que se identifica Cristo, que también es increado, según las definiciones dogmáticas. Además, se exalta a la persona del profeta Muhammad hasta el extremo en que se lo considera impecable, no ya sólo excelente moralmente (mientras que los enemigos, apologistas cristianos, se gozan en señalar cualquier defecto o bien cualquier apariencia de defecto). Sería mejor reconocer, por ambas partes, que no hay humano que no falle alguna vez. Los cristianos resuelven el expediente atribuyendo a Cristo la naturaleza divina, con lo cual establecen lógica y dogmáticamente su impecabilidad y niegan así de entrada, a priori, cualquier elemento histórico que pudiera empañar dicha impecabilidad. Y si los musulmanes, o algunos de ellos al menos, quieren afirmar la santidad de Muhammad exaltándola hasta negar cualquier elemento en que él no sea ejemplar, con ello están afirmando ya que se sitúa por encima de lo humano, con lo cual estarían haciendo implícitamente, de algún modo, una profesión de su divinidad… Es decir, que tanto por parte del Libro Sagrado como por parte del profeta que lo transmite, también en el islam se absolutizan estas mediaciones, de modo que lo que en ellas se muestra es una palabra del mismo Dios. Un musulmán es precisamente el que no duda en atribuir directamente a Dios todo lo que incluye la religión islámica: todo lo que aparece en ella, lo más importante y también lo mínimo, es lo que “Allah dice” o lo que Él “manda”, “establece”, etc. Un musulmán ordinario ni siquiera se plantea si, de todo lo que incluye la religión, alguna cosa pudiera ser contingente o reformable. Todo es esencial, irrenunciable, y lo que Dios dijo en aquellos tiempos de la Hégira no puede cambiar porque Él no cambia.

       No estaría de más recordar que quien sólo conoce y practica una religión, nunca podrá salir de la evidencia en que ha sido educado. Hablamos de una evidencia de tipo intelectual (las imágenes que me han transmitido de la divinidad son las únicas que puedo concebir) y, en muchos casos, de tipo social (en mi ambiente hay una presión que hace imposible cualquier disidencia). En cambio, cuando dos o más evidencias se contrastan, entonces se puede percibir que son diferentes entre sí, de diverso grado, y que ninguna es total. Así, un cristiano que empieza a conocer otras religiones, puede llegar a comprender que se puede decir algo sobre Dios sin que necesariamente esté unida a Él la figura de Cristo. Y un musulmán acostumbrado a un Dios que “habla” por el Corán igualmente podría llegar a comprender que hay otras culturas en que los hombres tienen otros libros a los que dan autoridad…

19 junio, 2026

LEÓN EN EL PARLAMENTO

 


                                           


       Lo que se ha transmitido el pasado 8 de junio desde el Congreso de los Diputados ha sido, como una excepción a la regla, buenas vibraciones. Estoy contento. Viendo la historia de nuestro país, tan plagada de papismo, por un lado, y de anticlericalismo por otro, resulta reconfortante la imagen de todos aplaudiendo a León XIV. El discurso ha sido muy bueno, como se podía esperar. Muy adecuada la mención a la escuela de Salamanca, aportación muy importante al derecho y a su filosofía, aportación que fue posibilitada, habría que recordar, por los abusos reales que se cometieron en el Nuevo Mundo. Es decir que, como en tantas otras ocasiones, unas circunstancias históricas, reales, de sufrimiento, son las que espolean la reflexión teórica. Muy adecuadas igualmente las menciones de la dignidad de la persona como superior a la construcción del Estado, del bien común como forma social de esa dignidad y de la paz como exigencia moral que tiene unas consecuencias a la hora de implementar unas políticas concretas. Entre otras cosas que cualquiera puede leer en clave de la más rabiosa actualidad mundial y nacional. El ministro Bolaños estaba contento proclamando que estas líneas del Papa están en concordancia con la orientación de su Gobierno. Cualquiera quiere barrer para su terreno y aprovecharse de la figura del Papa para justificar sus propias posturas. Sabemos que siempre es así. Ahora bien, yo creo que Bolaños tiene razón, al menos en líneas generales (mencionó también los temas del aborto y de la eutanasia).
       

       Y llama la atención que aquellos que tradicionalmente han querido instrumentalizar la figura del Papa pensando que era de los suyos ahora tengan que callarse. Deberían reflexionar. Me recuerda aquella anécdota de los tiempos de la segunda República, cuando un diputado perteneciente a un partido católico y agrario, considerado de derechas, hizo unas manifestaciones en el sentido de recordar que la doctrina social de la Iglesia hablaba del destino universal de los bienes y que había que revisar el tema de la propiedad de la tierra a favor de que los mismos trabajadores pudieran acceder a ella. Diputados de derecha monárquica respondieron indignados que si el Papa, ahora, se volvía en contra de sus propiedades entonces ellos, tan católicos, se volvían cismáticos…

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