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01 abril, 2026

EUTANASIA

 


                                    





      En relación con el suceso triste que ocurrió en la tarde del jueves pasado, día 26, veo que se puede poner en relación justamente con las dos breves citas que encuentro en mi agenda en las dos páginas correspondientes a los días 25 a 28. Corresponden a dos filósofos bien diferentes, pero ambos coincidentes en una descripción (o valoración) de la humanidad en la que todos nos podríamos ver reflejados, bien sea al derecho o al revés… Paso a copiarlas: “No es que la vida tenga una misión, sino que es misión” (Xavier Zubiri). “Quien tiene un por qué vivir, puede soportar casi cualquier cómo” (Nietzsche).

       No se trata de criticar la decisión de Noelia, que bastante sufrimiento ha tenido que padecer, lo que hace comprensible su decisión. Se trata de llamar la atención sobre la filosofía, teórica y práctica, que subyace a quienes justifican la eutanasia. La vida, para ellos, es un cúmulo o sucesión de sensaciones que se atribuyen a un sujeto, y tal vez el sujeto no es tal sino tan sólo un centro inconsistente en sí, pasajero, de sensaciones efímeras. Los que, en su visión de la humanidad, no contemplan la eutanasia, hablan en cambio de un sentido de la vida, que hay que descubrir o, tal vez, que uno se da a sí mismo, o en parte lo uno y lo otro… En cualquier caso, éstos piensan que sí hay un sujeto que decide su destino, que busca una finalidad más allá y por encima de las cosas concretas que hace o que padece. Son dos visiones diametralmente opuestas. Y bueno es que nos hagamos conscientes.

31 enero, 2026

VENEZUELA Y EL AMIGO AMERICANO

                                         


                                       

   

    5 de enero: La actualidad de lo que sucede con relación al régimen venezolano y los Estados Unidos de Trump me conduce, antes de decir cualquier cosa concreta sobre los acontecimientos, a una reflexión sobre los imperios, la cual estimo necesaria. Lo primero que habría que señalar es la realidad de los imperios como constante histórica, al menos desde el segundo milenio antes de Cristo. Desde aquella época la historia se ha configurado como una sucesión de imperios, cada uno de los cuales nace, crece y muere, coincidiendo con otros, luchando por la hegemonía y siendo sustituido por otro u otros. Son los imperios los que han transmitido los cultivos, los logros técnicos, las ideas, las lenguas, las religiones… Los imperios, cuando se imponen, lo que hacen fundamentalmente es organizar. Son los imperios los que, en muchas ocasiones, “crean” las “naciones” (como la misma España, creación del Imperio Romano, que yo siempre escribo con mayúscula). Organizar no es, evidentemente, crear de la nada sino reordenar los elementos, suprimiendo algunos, transformando otros y aportando otros nuevos. En esta labor, evidentemente, hay un fuerte componente de violencia. La violencia se da contra aspectos de la cultura preexistente y contra las personas. Los imperios suelen aliarse con una parte de las sociedades locales para poder asegurar el dominio. El caso es que la acumulación e interacción de unos imperios con otros es lo que ha hecho de nuestro mundo del siglo XXI un mundo interrelacionado y globalizado. Ahora el mundo se divide en 195 Estados (contando a Palestina y al Vaticano), lo que significa un modo semejante de estructurar institucionalmente los territorios y las poblaciones. Si no hubieran existido los imperios ahora el mundo sería un mosaico endiabladamente plural de tribus y de lenguas ininteligibles entre sí. Los “antiimperialistas” piensan que los “pueblos” son algo originario, intocable e indiscutible y que son los “imperios” los que “agreden” u “oprimen” a los pueblos. Pero de hecho hay una dinámica histórica permanente por la que los países invaden a otros, o bien son invadidos, se expanden cuando son suficientemente fuertes y se resignan a dependencias de diversa índole cuando no lo son. Hoy en día, cualquiera que esté informado de la geopolítica sabe que hay varios imperios en liza, Rusia y China, además de Norteamérica. La alternativa podría ser, en este momento, que uno se impusiera o bien que se llegara a un equilibrio, muy tensionado, entre los tres. Pero la perspectiva no es, en ningún caso, que los imperios desaparezcan. Para eso tendría que cambiar radicalmente la naturaleza humana.

       Dado el marco en que nos encontramos, un “antiimperialista” de uno cualquiera de los bloques o bien es un agente secreto de otro de los imperios o bien es un ingenuo desconocedor de la historia y demasiado condicionado ideológicamente. No estoy diciendo que no se pueda criticar a los imperios – motivos para criticarlos los ofrecen sobrados – pero es inevitable aceptarlos y también es conveniente adaptarse a ellos. Por eso casi todos queremos hoy en día aprender inglés… Y tengo un pequeño vecino, de padres muy perspicaces, que incluso está aprendiendo chino. De alguna manera es el principio aquel de “si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”. La vida es siempre lucha por el poder. Si es así, a lo que podemos aspirar es a un equilibrio de poder. El sueño kantiano de una autoridad internacional que no sólo tuviera prestigio moral sino medios eficaces para imponer sus resoluciones es sólo eso, un sueño. Y puede ocurrir que aceptar que alguien se erija en árbitro internacional en una determinada región del globo sea un mal menor en comparación con permitir el ascenso de otros imperios. ¿A qué se refieren en concreto los que dicen que “otro mundo es posible”?


28 diciembre, 2025

MONARQUÍA Y REPÚBLICA

 

                                       


       En las últimas semanas se ha dado una coincidencia que puede hacer pensar. Al menos a mí me ha llevado a hacerlo. Se ha emitido en TVE la serie histórica Ena, basada en lo que vivió (y tuvo que sufrir) Victoria Eugenia de Battenberg. Fue reina de España entre 1906 y 1931. Su marido era un impresentable que se llamaba Alfonso XIII y que se ganó a pulso que tras él se instaurara en nuestro país la República. El otro polo de la coincidencia de que hablaba está protagonizado por el nieto de Alfonso, Juan Carlos I, que ha presentado sus memorias. No le negamos su valía política y la insustituible aportación que hizo a la reconciliación entre los españoles y a la reforma política, pero es evidente que en algunos aspectos ha seguido los pasos de Alfonso. De mí, que no soy monárquico y que, a pesar de eso, desconfío de una posible república española, porque los dos intentos que hubo trajeron más resultados negativos que positivos, puedo decir que sí era “juancarlista” en su momento, pero ya dejé de serlo.

       Sobre el rey actual no sé decir nada negativo, y lo apoyo en cuanto representa simbólicamente la unidad, un bien tan preciado y que en estos momentos resulta tan lejos de la realidad sociológica. Le tengo además afecto, por él mismo y por lo que representa. Ahora bien, creo que tarde o temprano habrá que preguntar a los ciudadanos si quieren monarquía o república. En 1931 sí hubo un consenso sobre el cambio de régimen, pero más bien precario, pues los republicanos no ganaron propiamente aquellas elecciones, que ni siquiera eran generales. El gesto de Alfonso de marcharse fue digno y apropiado. Al menos eso hizo bien. También hubo un consenso en 1978 cuando se aprobó una constitución monárquica. Pero de nuevo habría que decir que tal consenso fue precario, discutible, en cuanto que tampoco se preguntó a los españoles de un modo directo y explícito qué régimen de gobierno querían y en cuanto que la situación era extraordinariamente delicada, después de la dictadura y de la guerra anterior, que estaba tan presente. ¿Estaría de más preguntar a los españoles ahora, cincuenta años después? Creo que no. Por otro lado, también hay que reconocer que el tácito consenso que existe sobre la monarquía no es ajeno a que la de hoy no es ya la de otros tiempos. De hecho, es una monarquía que basa en buena parte su apoyo en que se ha ido transformando para parecerse más a una república. Es verdad que ya no hay una corte, que los reyes son cercanos, que la institución es relativamente sobria (al menos sobre el papel, sin contar con los gastos ocasionados al Estado, vía fondos reservados, para tapar las aventuras del rey anterior). Sin embargo, se podrían abordar algunas reformas, aun sin cambiar el conjunto de la constitución, para acabar con unos privilegios que yo no sería capaz de justificar. Se ha propuesto acabar con el delito específico de “injurias al rey”. Es verdad que no se puede injuriar a nadie. Y la legislación protege a los ciudadanos de la injuria de otros ciudadanos. Pero si se tipifica el delito de “injurias al rey” al final se está cubriendo al rey con una campana que dificulta al menos las críticas necesarias que podrían hacérsele. Y aún peor es la “inviolabilidad”, por la que no se puede sancionar al monarca si, por ejemplo, en una ocasión conduce borracho un coche y hiere a alguien o si, simplemente, defrauda a hacienda. El rey, por cierto, ya tiene un presupuesto suficientemente holgado para que viva bien él y su familia y para realizar dignamente sus funciones institucionales. Si se ha defraudado a hacienda no basta con pedir perdón, hay que devolver lo retenido injustamente, por no decir “robado”.

       El caso es que el mismo Juan Carlos, antes de ser proclamado rey, dijo en una publicación norteamericana que le gustaría “ser el rey de una república”. Como programa no está nada mal. Lo que ocurre es que, analizando los hechos posteriores, se puede comprobar que no todos han ido en esa dirección. También una posible república debería ser más “monárquica” en el sentido de servir no a banderías ni a ideologías extremas sino siempre a la unidad, de modo que todos puedan verse reconocidos en ella, amparados por ella. Que nadie se confunda pensando que la república es democracia sin más, pues los datos empíricos apoyan la afirmación de que la mayor parte de las tiranías y regímenes odiosos de hoy son repúblicas. Y en el caso de que se proclamara una tercera en España, ni hablar de cambiar la bandera. Después de dos siglos y medio de vigencia de la actual, no hacer el ridículo.

 

En la foto, Victoria Eugenia de Battenberg en el bautizo de su bisnieto Felipe, en 1968. Vivía en el exilio en Lausana. Acudió a Madrid sólo para el evento. Murió al año siguiente. 

 



                                                 




29 noviembre, 2025

EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO COMO VÍA DE REINTERPRETACIÓN DE LA RELIGIÓN

 








       El diálogo interreligioso no sirve sólo para promover la convivencia. Si es efectivo, puede influir en la revisión de las propias creencias. Se plantea la cuestión epistemológica de qué son “creencias” y, en particular, qué son las “creencias religiosas”. Se critica la mentalidad apologética y se propone un paradigma alternativo basado en la “convergencia”. 
      Este paradigma se desglosa en cuatro puntos: 
1. Puesta en cuestión de los prejuicios heredados, 
2. Inclinación hacia lo común coincidente 
               y no hacia lo propio distintivo en el terreno de las creencias, 
3. Prevalencia de la ortopraxis sobre la ortodoxia, 
4. Sobre lo que está más allá de nuestro alcance, una actitud de disponibilidad.

El vídeo corresponde a mi comunicación dentro del Congreso sobre Diálogo Interreligioso celebrado en la ciudad marroquí de Beni Mellal entre los días 11 y 14 de noviembre. Asistimos un total de 7 españoles, si bien la mayoría eran profesores marroquíes. Hubo algún otro de otros países árabes como Egipto o Arabia Saudí. Mi satisfacción y agradecimiento por la acogida que nos dispensaron los organizadores, pertenecientes a esta joven universidad.   


                                        


                                



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