
Lo que se ha transmitido el pasado 8 de junio desde el Congreso de los Diputados ha sido, como una excepción a la regla, buenas vibraciones. Estoy contento. Viendo la historia de nuestro país, tan plagada de papismo, por un lado, y de anticlericalismo por otro, resulta reconfortante la imagen de todos aplaudiendo a León XIV. El discurso ha sido muy bueno, como se podía esperar. Muy adecuada la mención a la escuela de Salamanca, aportación muy importante al derecho y a su filosofía, aportación que fue posibilitada, habría que recordar, por los abusos reales que se cometieron en el Nuevo Mundo. Es decir que, como en tantas otras ocasiones, unas circunstancias históricas, reales, de sufrimiento, son las que espolean la reflexión teórica. Muy adecuadas igualmente las menciones de la dignidad de la persona como superior a la construcción del Estado, del bien común como forma social de esa dignidad y de la paz como exigencia moral que tiene unas consecuencias a la hora de implementar unas políticas concretas. Entre otras cosas que cualquiera puede leer en clave de la más rabiosa actualidad mundial y nacional. El ministro Bolaños estaba contento proclamando que estas líneas del Papa están en concordancia con la orientación de su Gobierno. Cualquiera quiere barrer para su terreno y aprovecharse de la figura del Papa para justificar sus propias posturas. Sabemos que siempre es así. Ahora bien, yo creo que Bolaños tiene razón, al menos en líneas generales (mencionó también los temas del aborto y de la eutanasia).
Y llama la atención que aquellos que tradicionalmente han querido instrumentalizar la figura del Papa pensando que era de los suyos ahora tengan que callarse. Deberían reflexionar. Me recuerda aquella anécdota de los tiempos de la segunda República, cuando un diputado perteneciente a un partido católico y agrario, considerado de derechas, hizo unas manifestaciones en el sentido de recordar que la doctrina social de la Iglesia hablaba del destino universal de los bienes y que había que revisar el tema de la propiedad de la tierra a favor de que los mismos trabajadores pudieran acceder a ella. Diputados de derecha monárquica respondieron indignados que si el Papa, ahora, se volvía en contra de sus propiedades entonces ellos, tan católicos, se volvían cismáticos…


