
5 de enero: La actualidad de lo que sucede con relación al régimen venezolano y los Estados Unidos de Trump me conduce, antes de decir cualquier cosa concreta sobre los acontecimientos, a una reflexión sobre los imperios, la cual estimo necesaria. Lo primero que habría que señalar es la realidad de los imperios como constante histórica, al menos desde el segundo milenio antes de Cristo. Desde aquella época la historia se ha configurado como una sucesión de imperios, cada uno de los cuales nace, crece y muere, coincidiendo con otros, luchando por la hegemonía y siendo sustituido por otro u otros. Son los imperios los que han transmitido los cultivos, los logros técnicos, las ideas, las lenguas, las religiones… Los imperios, cuando se imponen, lo que hacen fundamentalmente es organizar. Son los imperios los que, en muchas ocasiones, “crean” las “naciones” (como la misma España, creación del Imperio Romano, que yo siempre escribo con mayúscula). Organizar no es, evidentemente, crear de la nada sino reordenar los elementos, suprimiendo algunos, transformando otros y aportando otros nuevos. En esta labor, evidentemente, hay un fuerte componente de violencia. La violencia se da contra aspectos de la cultura preexistente y contra las personas. Los imperios suelen aliarse con una parte de las sociedades locales para poder asegurar el dominio. El caso es que la acumulación e interacción de unos imperios con otros es lo que ha hecho de nuestro mundo del siglo XXI un mundo interrelacionado y globalizado. Ahora el mundo se divide en 195 Estados (contando a Palestina y al Vaticano), lo que significa un modo semejante de estructurar institucionalmente los territorios y las poblaciones. Si no hubieran existido los imperios ahora el mundo sería un mosaico endiabladamente plural de tribus y de lenguas ininteligibles entre sí. Los “antiimperialistas” piensan que los “pueblos” son algo originario, intocable e indiscutible y que son los “imperios” los que “agreden” u “oprimen” a los pueblos. Pero de hecho hay una dinámica histórica permanente por la que los países invaden a otros, o bien son invadidos, se expanden cuando son suficientemente fuertes y se resignan a dependencias de diversa índole cuando no lo son. Hoy en día, cualquiera que esté informado de la geopolítica sabe que hay varios imperios en liza, Rusia y China, además de Norteamérica. La alternativa podría ser, en este momento, que uno se impusiera o bien que se llegara a un equilibrio, muy tensionado, entre los tres. Pero la perspectiva no es, en ningún caso, que los imperios desaparezcan. Para eso tendría que cambiar radicalmente la naturaleza humana.
Dado el marco en que nos encontramos, un “antiimperialista” de uno cualquiera de los bloques o bien es un agente secreto de otro de los imperios o bien es un ingenuo desconocedor de la historia y demasiado condicionado ideológicamente. No estoy diciendo que no se pueda criticar a los imperios – motivos para criticarlos los ofrecen sobrados – pero es inevitable aceptarlos y también es conveniente adaptarse a ellos. Por eso casi todos queremos hoy en día aprender inglés… Y tengo un pequeño vecino, de padres muy perspicaces, que incluso está aprendiendo chino. De alguna manera es el principio aquel de “si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”. La vida es siempre lucha por el poder. Si es así, a lo que podemos aspirar es a un equilibrio de poder. El sueño kantiano de una autoridad internacional que no sólo tuviera prestigio moral sino medios eficaces para imponer sus resoluciones es sólo eso, un sueño. Y puede ocurrir que aceptar que alguien se erija en árbitro internacional en una determinada región del globo sea un mal menor en comparación con permitir el ascenso de otros imperios. ¿A qué se refieren en concreto los que dicen que “otro mundo es posible”?
