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31 agosto, 2025

CARMEN Y LA IDEOLOGÍA ROMÁNTICA

 





      El pasado jueves tuve el gusto de presenciar en un cine, mediante emisión en diferido, la archiconocida opera Carmen, de Georges Bizet, con libreto basado en una pequeña novela del romántico Prosper Mérimée. La representación había tenido lugar este mismo año en la Ópera Real de Versalles. Dejando a un lado ahora lo maravilloso de la música, si nos fijamos en los contenidos, esta ópera resulta hoy en día impactante por la concentración en ella de varios temas de lo que en nuestro tiempo resulta políticamente incorrecto: además de exaltarse la fiesta de los toros y de presentarse un grupo de mujeres que fuman habanos sin pudor, el argumento encuentra su conclusión lógica en un crimen de lo que normalmente se llama “violencia de género”, lo que antes se decía “crimen pasional”. Si no estoy equivocado, alguien ha propuesto cambiar el final, para evitarnos presenciar la representación de algo que es frecuente en la vida real y que provoca nuestra repulsa y nuestro horror.

       Desde mi visión – cada obra tiene tantas lecturas como personas que la leen – hay algo que se muestra en la obra y que se desarrolla en ella con una progresión bastante lógica, hasta concluir en el luctuoso desenlace. Lo que se presenta es el amor romántico. Hay en particular un aria que lo describe de un modo admirable: la alegre habanera L’amour est un oiseau rebelle, del primer acto. Según la letra de esta pieza, el amor es un capricho del alma, algo indisponible, incontrolable, que te atrapa cuando quiere y que basta que lo busques para no obtenerlo, algo que rompe cualquier previsión o plan. Creo que la descripción es buena, de hecho, genial. Como el sexo y la inclinación hacia él, el “amor” es otra tendencia fuerte, algo que nos puede suceder, que puede causar placer, cuando es correspondido, y mucho dolor cuando es rechazado. El amor, este amor, forma parte de lo que la filosofía moral tradicional ha llamado las “pasiones”. Si es una pasión es buena en cuanto tendencia, pero se trata de una tendencia que hay que controlar por la instancia superior, que es la razón. Es algo que hay que dirigir, distanciándose hasta cierto punto de ello, algo que en ningún caso podría dirigir u orientar. Un ser racional puede tener en cuenta el amor, manejarlo, pero en ningún caso dejarse llevar por él, pues se trata de una corriente que arrastra. Es una fuerza que, ciertamente, conviene utilizar, para fines superiores, pero en ningún caso se le debe conceder la prerrogativa de llevar el control. Esto sería el fracaso de la persona.

      Y creo que aquí está el error de muchos y sobre todo de muchas, influenciadas por la ideología romántica: pensar que el amor es superior al sexo y que lo justifica, como si el sexo necesitara una justificación y como si el amor fuera lo que puede dar un sentido a lo que sería inferior. Había una persona que decía –muchas lo dicen– que “el sexo sin amor no tiene sentido”. La respuesta que se da a esta frase en El Profeta de Khalil Gibran es la siguiente: Claro que sí, el sexo sin amor no tiene sentido, como nada en realidad tiene sentido sin amor… Evidentemente, se está refiriendo al “amor” en otra acepción del término: el amor como donación, como generosidad, el amor “agape”, no sólo distinto sino incluso contrario al amor “eros”. Ésta sí es una instancia superior que lo justifica todo, que lo dignifica y plenifica todo. Pero el amor “eros” es una pasión, algo que viene y que se siente, sin la participación de la voluntad. Así como el sexo consiste en una inclinación al placer fisiológico relacionado con la generación, el amor – el amor “eros” – es fundamentalmente una inclinación a poseer al otro, aunque se disfrace de deseo de ser poseído. Como el sexo, es una fuerza de enorme magnitud, pero es una fuerza ciega, que necesita ser dominada. Ahora bien, cuando domina a la persona, a lo que contribuye es precisamente a su “despersonalización” y ese alabado “amor” se convierte en fuerza destructiva, como vemos ejemplificado en el argumento de la ópera que estamos comentando.

       La mentalidad romántica, que influye de hecho en tantas conciencias, no es una tontería que pueda ser contemplada con una condescendiente sonrisa. Es más bien una ideología que ha de ser desmontada y denunciada. La ideología romántica es necia y es criminal. Es necia porque se basa en concepciones falsas de la naturaleza humana. Es criminal por sus derivaciones prácticas violentas (“la maté porque era mía”). En otros lugares he descrito ya lo que implica esta mentalidad, sus tres graves errores, lo que he llamado el “complejo CAP”: cordialismo, absolutismo y pauperismo. El “cordialismo” implica la creencia de que el corazón puede dar orientación a la vida. Pero el corazón es voluble por naturaleza, es un “pájaro rebelde”, como señala la famosa habanera de Carmen. Si caes en el amor, “to fall in love” en inglés, ten cuidado, “prends garde à toi”. Llamo “absolutismo” a ese planteamiento de máximos según el cual a la otra persona, hombre o mujer, le entrego todo o se lo niego todo. El que entrega todo, lo quiere todo a cambio, y cuando no lo tiene, empieza a rehusarlo todo. Es decir, pasa del amor que se cree absoluto al odio absoluto, como el pobre don José de la ópera. En cambio, en una visión racional y equilibrada, con las otras personas puedo entablar relaciones basadas en un contrato, que es un intercambio de bienes, de bienes concretos y limitados, establecidos por la voluntad consciente de ambos contrayentes. Y cuando hablo de “pauperismo” me refiero a la pobreza de esas personas que, faltas de ideas y de objetivos, vacías por tanto, necesitan a alguien para dar un “sentido” a su vida. Pero, desde la racionalidad, uno puede entablar relaciones de amistad o de pareja desde su propia personalidad y legítimos intereses. Entonces, la amistad o la pareja se convierten en una ocasión para la ayuda mutua, para el enriquecimiento mutuo, siendo cada uno el que es. (Por cierto, que el sexo es una de las cosas que dos personas se dan mutuamente…) Pero el “sentido” se lo da cada uno a sí mismo. No podemos ser “medias naranjas” que buscan desesperadamente otra “media naranja” para completarse. Tales personas buscan la felicidad fuera de sí mismas, lo que equivale a decir que están condenadas a no encontrarla. Insisto en que uno puede ser inteligente y autónomo moralmente y a la vez entablar precavidas relaciones con los demás. Sin anular el “yo” se puede realmente crear un “nosotros”, a otro nivel.

       He visto que hay muchas mujeres que ponen su esfuerzo en encontrar a “alguien especial”, que “creen en el amor”, con lo que están descuidando la construcción de su propia personalidad, aquella que precisamente les permitiría, si la tuvieran, ser más atractivas. Estas mismas son las que, acumulando fracasos, despreciando lo posible por atenerse a un ideal falso, desprecian igualmente a los hombres “que siempre están buscando lo mismo”. Y cuanto más desprecian, aplicando el consabido prejuicio, más se incapacitan para encontrar… Se equivocan de lucha.

18 agosto, 2024

PUENTE DE BALMASEDA




 



       El puente medieval de Balmaseda (Vizcaya) se eleva con su porte elegante sobre el río Cadagua. Este puente, como cualquier otro, permite unir dos orillas, para aquel que se tome la molestia de caminar de una hacia otra. Construir puentes entre las personas y las visiones del mundo es obra de los "pontífices". Uno se convierte en "pontífice", en este sentido etimológico, cuando sabe salir de su propia visión, no para renunciar sin más a ella, sino para corregirla y completarla. Cada objeto de contemplación y, más aún, el conjunto de la realidad a nuestro alcance, ofrece múltiples perspectivas, llamadas a encontrarse. Como es proverbial decir, la realidad es poliédrica. 
       Una persona "dogmática" sería aquella que no acepta esta complejidad de lo real, que se recluye en su certeza particular, buscando subterfugios para no exponerse a los argumentos o experiencias que van en contra de ella. Piensa equivocadamente que perder esa certeza adamantina significaría descabalgarse de la Verdad, aquella Verdad que se dio íntegra al principio y que hay que mantener como se dio entonces, sin quitar ni poner nada. Ahora bien, este tipo de mentalidad no se da sólo en el campo de la religión sino también en las diversas ideologías que luchan enconadamente entre sí. Ya los antiguos filósofos de la escuela escéptica señalaron que la actitud predominante en una persona así es el “miedo”. Se trata del miedo de que, por el contacto con los otros, uno mismo empiece a dudar de lo propio. 
       Este mensaje que llama a la construcción de puentes y de confluencias, en una época como la nuestra, de exacerbadas confrontaciones ideológicas, de polarización política de las sociedades, es más relevante y más necesario que nunca.

21 junio, 2023

JUAN MANUEL DE PRADA, TRADICIÓN E IDEOLOGÍAS

 

       De nuevo me siento obligado, tras una entrevista que le hacen con motivo de su colección de artículos Enmienda a la totalidad, a plantear algunas enmiendas a Juan Manuel de Prada. En mi caso se trata tan sólo de enmiendas parciales.

1. Dice Juan Manuel de Prada que el pensamiento tradicional es la alternativa, la única, a las perversas ideologías modernas. Habría que preguntarle de qué tradición se trata o qué es lo que defiende en concreto, pues no hay una única tradición monolítica, como parece suponer, sino que se dan de hecho muchas tradiciones, que fluyen y se renuevan en el tiempo, que se influyen y configuran mutuamente. Mi pregunta no deja de ser retórica, es cierto. Pues todos sabemos que él se refiere a la tradición católica entendida al modo más rancio, al margen de las últimas renovaciones de dicha tradición, fundamentalmente el concilio Vaticano II. Lo que él defiende es lo que defiende un sector de la Iglesia, que no es toda la Iglesia, aparte de haber en nuestro mundo otras tradiciones cristianas y además tradiciones no cristianas, juntamente con la filosofía occidental, que es otra tradición, y otras tradiciones culturales o de pensamiento. El caso es que cualquier tradición que uno defienda, pensando que en ella está la verdad íntegra o la salvación de la humanidad, tendrá que ser articulada, para que se ofrezca realmente a todos como una opción, en forma de una corriente organizada, de un partido político, de un sistema de ideas, en definitiva, de una “ideología”. El conservadurismo es también una ideología, una nueva ideología que se erige frente al progresismo. Los primeros “conservadores” surgieron tras la Revolución francesa, no antes. Antes no tenían que defender su tradición, pero cuando hubieron de defenderla (a la fuerza ahorcan), se vieron obligados a reflexionar, a escribir y a organizarse, como previamente habían hecho los progresistas. El conservadurismo es siempre una “reacción”. No es algo “original” o “natural”. Y con mayor razón es “ideología” el fascismo, que apareció históricamente como una reacción frente al comunismo, tras la Revolución soviética. Y el “fascismo” se ha definido como una “revolución conservadora” (Barbara Godwin). Los fascistas imitan a los comunistas en ese afán revolucionario, pues no quieren “conservar” lo que hay, quieren subvertir y crear una nueva sociedad, de acuerdo con lo que ellos imaginan que fue aquella sociedad del pasado a la que idealizan. Y los fascistas desprecian a los conservadores, a los que acusan de débiles, de aceptar al final los cambios introducidos por la izquierda, de no tener realmente una alternativa al sistema. El fascismo, como el comunismo, ha utilizado la violencia para instalarse en el poder, y cuando se ha convertido en régimen imperante ha protagonizado, como el comunismo, una espantosa represión de los disidentes. Es verdad que hoy se utiliza la palabra “fascista” como un insulto, y se aplica sin discernimiento a cualquiera que no comulgue con la izquierda que domina culturalmente, pero el fascismo ha existido, y ahora, en todos los países de Europa, hay partidos que bien pueden calificarse como “fascistas” o muy cercanos cuando menos. De modo que no se haga ilusiones Prada pensando que está por encima de las ideologías. No hay la Tradición sin más. Hay diferentes tradiciones que, cuando quieren hacerse relevantes socialmente, se convierten también en “ideologías”.

2. Dice Prada que lo que está extendido en la cultura actual es un concepto nefasto de libertad, una libertad desligada de la verdad y de una naturaleza humana. Sostiene que la naturaleza humana es creada, dada, pertenece a un “orden del ser”. Tiene razón en esto. Pero carga las tintas de un modo erróneo al decir que esa naturaleza es “inalterable”. Es verdad que el ser humano, para utilizar la terminología que en su día hizo popular Sartre, no es el “être-pour-soi”, la pura libertad o indeterminación, pero tampoco es el “être-en-soi”, pura pasividad o inercia. Ni el hombre es pura libertad, error de nuestra época, ni tampoco pura naturaleza. El hombre es “naturaleza libre”, lo que implica que, dentro de una base dada, contando con unos límites, sí puede desarrollarse, sí es maleable en alguna medida, sí tiene un margen para la autodeterminación. Precisamente lo mejor de la tradición católica ha defendido esto, cuando ha señalado que el ser humano es “imagen de Dios”. Dios es creador y el ser humano, a su imagen, es “creativo”, tiene posibilidades inexploradas.

3. Dice Juan Manuel de Prada que la autodeterminación humana que hoy tanto se exalta lleva a que cada uno pueda construir su autobiografía y que una consecuencia de esto es la abominable autodeterminación colectiva, aquella que promueven los nacionalismos periféricos en España. Ahora bien, desde lo antes expuesto, no se puede negar que cada uno puede construir su autobiografía, aprovechando las circunstancias en las que se encuentra y modelando sus propias capacidades. Tampoco se puede negar que existe la autodeterminación colectiva, pues las “naciones” son en última instancia el producto de un consenso histórico (no ciertamente el producto de un frágil consenso tras unas elecciones muy disputadas). Pero las naciones no son eternas. Se puede ver en la historia cómo nacen, crecen, a veces se reproducen, y también mueren. Las naciones sostienen a los individuos en su vida, pero tampoco son nada sin su consentimiento. Y una injusticia secular que no reconoce las peculiaridades de una colectividad minoritaria puede encontrarse con una legítima reacción de esa misma colectividad, organizada ahora en determinados partidos (nacionalistas) que buscan un nuevo estatus.

4. Arremete Prada contra los conservadores, diciendo que son contrarios al pensamiento tradicional, porque siempre terminan “conservando” los logros introducidos por los progresistas. Este desprecio a los conservadores, a los que se acusa de cobardes y de contemporizadores, es ya muy viejo. En este sentido, dice él que el conservador típico es un “fantoche”. En cambio, creo yo que se puede ver la labor de los conservadores como necesaria, la labor prudencial del que selecciona los cambios, o los modera, eliminando sus aspectos destructivos. En realidad, la tradición funciona siempre de esta manera, haciendo permanentemente una criba, y está lejos de ser simplemente mantenedora y esclerotizadora de lo dado, como se ocupó de explicar la hermenéutica de Gadamer. Es lo que también decía Balmes: “no queréis revoluciones, haced evoluciones”.

5. Dice Prada que la “democracia” no es más que una forma de gobierno, entre otras, según los regímenes que se han distinguido desde Aristóteles: monarquía, aristocracia, democracia, etc. Y que lo que importa es utilizar el mejor medio, según las circunstancias, para perseguir el “bien común”. Totalmente de acuerdo. Lo que ocurre es que, para concretar en un momento dado de la historia, en el nuestro, lo que implica el “bien común”, no parece que la “democracia” como procedimiento tenga una verdadera alternativa. Lo mejor, para organizar una sociedad, es el consenso, un acuerdo pactado. Si no se puede conseguir tal cosa, es preferible la imposición de una mayoría numérica a la imposición de una minoría numérica de la población. A no ser que esa minoría pudiera demostrar que es realmente superior. Pero eso es lo que hoy en día difícilmente se demostraría, pues no hay una clase social, una élite, que sea de una naturaleza esencialmente superior al resto de los humanos. En cambio – volvemos a lo mismo de antes – lo que sí hay es diferentes ideologías, desgraciadamente contrapuestas entre ellas, y organizadas en partidos que luchan por el poder.

6. Defiende Prada el auténtico patriotismo como lucha por el bien común del propio país. Dice que la “nación soberana” de los liberales es una “aberración”. Cierto. Pero creo que los enemigos de los nacionalismos periféricos en España, como el mismo Prada, no han reparado en que los argumentos que emplean contra esos nacionalismos pueden volverse en contra de la nación que ellos defienden, que sería España, para ellos indiscutible. Es verdad que “conseguir la independencia” crearía más tensiones y problemas que los que presuntamente se solucionarían. Pienso que el objetivo realista no es ése sino “manejar la dependencia” y beneficiarnos de ella, pues ningún territorio o país es realmente independiente. Ahora más que nunca la dependencia es universal. El bien común que se debe perseguir no es en última instancia el de una nación pequeña como Cataluña ni tampoco el de otra tan sólo un poco más grande como España, sino el bien común universal, aplicando simultáneamente el otro gran principio del orden social, el de subsidiaridad, que ya expliqué en un trabajo anterior. Según este otro principio, complementario del principio del bien común, lo que pueden hacer las entidades inferiores no tienen por qué hacerlo las superiores (de mayor extensión).

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