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22 septiembre, 2024

EN LA PLAZA DE COLÓN

 




       Tanto el indigenismo como el nacionalismo español coinciden en que aquellos hechos del pasado protagonizados por los españoles en América se han de atribuir a nosotros, para el primero en tanto algo vergonzoso, para el segundo como algo merecedor de orgullo. Creo que es esta identificación con aquella colectividad del pasado lo que se ha de negar. Cada uno es responsable de lo suyo.

15 junio, 2024

Y TAMPOCO NADA DE QUE ENORGULLECERSE

 

      Tuve hace unos días una conversación con alguien que se definía a sí mismo como “católico tradicional” y que lo era no desde una mera inercia defensiva ante lo moderno sino desde una “conversión”, es decir, a partir de una vivencia de repentina iluminación y de consiguiente cambio de rumbo. Entre otros temas, planteó la visión de la historia de España, piedra de toque que suele provocar posicionamientos bastante viscerales. Me dio a entender que dicha historia es extraordinaria y proclamó convencido que “no hay nada de que pedir perdón”. No le quité la razón en esto pues yo, que no soy “católico tradicional”, también lo he pensado varias veces, y pienso que se puede desmontar fácilmente la reivindicación de aquellos que exigen ese perdón.

        Le di la razón, pero no en el sentido de que no haya que reconocer abusos y violencias, ni tampoco en el sentido de que se pueda hacer un balance en que los beneficios de la labor expansiva de España sean superiores a los aspectos negativos. La historia pasada hay que conocerla y también se puede evaluar, si se hace con justicia y desapasionamiento. Creo que mi motivo es más radical. La justificación para que el Estado actual o los españoles en su conjunto ni hayamos de pedir perdón ni hayamos de avergonzarnos, es que los españoles que hicieron lo que hicieron, glorioso o deleznable, eran ellos. No somos nosotros. Basta ya de compararnos unos países con otros como si realmente fuéramos nosotros, ciudadanos de este tiempo, a quienes se nos deben atribuir los hechos del pasado.

       Y la moneda tiene, ciertamente, dos caras. Si no hay que pedir perdón tampoco podríamos enorgullecernos. Aquello no es ya nuestro: ni las hazañas, indudables, ni las perfidias, innegables. Pobres hombres del siglo XXI, bastante tenemos con atender a nuestros asuntos personales, salir adelante, e intentar resolver los graves problemas sociales y políticos que nos aquejan en nuestros ahora polarizados países.

       Es necesario el espíritu crítico para evaluar los hechos del pasado, sacando siempre lecciones para el presente, los hechos de todos los países y de todas las épocas. Todo ello es patrimonio común. Las rivalidades históricas entre determinados países envenenan los corazones de las personas, cuando allí arraigan. Y el espíritu nacionalista, por el que considero míos los logros de otros, niego los fallos de esos mismos y atribuyo a todos los demás todo lo negativo, es a la vez ridículo y perverso. Ciega a la gente. Hace mucho daño.



                                                        

27 abril, 2024

CERRO DE LOS ÁNGELES

 






       El Cerro de los Ángeles se halla junto a Getafe. Allí encontramos un santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción se ha vinculado, desgraciadamente, a posiciones políticas nacionalistas y, a este respecto, ha sufrido algunas alternativas de exaltación y de denigración. Sin embargo, su profundidad alcanza a la esencia del Evangelio de Cristo, que ofrece al hombre caído la paz, el descanso, que su corazón necesita. Cada ser humano, para orientarse, no es a su propio corazón al que ha de seguir, como ahora se proclama equivocadamente. Porque el corazón humano está corrompido, con sus afectos desordenados, por el apego al propio yo. La superación de esto radica en la entrega a un corazón más grande, el corazón de Dios, que en Cristo se nos presenta como un corazón humano. El Corazón de Cristo es divino, para abarcarlo todo, y es humano, en lo que es cercano al de cada uno de nosotros.

02 abril, 2023

DOS PRINCIPIOS SUPREMOS

        Desde la filosofía personalista, existen dos principios supremos de organización de la sociedad, aquella sociedad equilibrada que tiene como centro a la persona: el principio de subsidiaridad y el de solidaridad o del bien común. Ambos son complementarios e inseparables. Hablan sobre la relación mutua entre las diversas entidades intermedias que van desde el átomo social, que es el individuo, hasta el todo que abarca máximamente, que es la humanidad global. El principio de subsidiaridad es como una flecha que va de arriba abajo. El principio del bien común, de abajo arriba.


       El principio de subsidiaridad se podría formular diciendo, en términos abstractos pero iluminadores, que lo que pueden hacer por sí mismas las entidades inferiores (inferiores en extensión) no tienen por qué hacerlo las superiores. Lo que está arriba ha de servir a lo que está abajo, pero no suplantarlo. Aquella función, por ejemplo, para la que una familia se basta, educar o alimentar a unos hijos, no habría de cumplirla una entidad superior, como una asociación del tipo que sea o el Estado. Ahora bien, cuando de hecho no se basta, entonces sí puede venir alguna de esas entidades en ayuda, “subsidio”, de la misma familia, un subsidio que no sería una sustitución, sino que serviría para corregir, complementar y perfeccionar. De la misma manera un gobierno de un país ha de respetar la autonomía de entidades como ciudades, regiones, etc. O una entidad supranacional no podría anular la competencia de los Estados… Tampoco la familia puede anular a los individuos que la componen (cosa que se da, por cierto, en una sociedad patriarcal). Ni un posible gobierno mundial, deseable por el principio de solidaridad, podría hacer "tabula rasa" de todas las diferencias culturales y convertirse en una tiranía homogeneizadora. La entrega de una “renta universal” a los ciudadanos, en nombre del principio de solidaridad, podría ser coherente con este principio de subsidiaridad, pero también podría llegar a oponerse si conllevara desestimar el valor del autoperfeccionamiento y del propio trabajo de los individuos, que dejarían de ser sujetos creativos para convertirse en vegetales a los que hay que mantener (por no eliminarlos). El principio de subsidiaridad se opone al colectivismo.

       El principio de solidaridad se podría formular diciendo que la máxima perfección de cada entidad inferior está en buscar conscientemente el bien de las entidades superiores, por lo que, paradójicamente, ha de relativizarse a sí misma para realizarse. Podemos decir que, en algún aspecto, ha de sacrificarse por ellas. Y este principio se aplica, igualmente, en todos los niveles. Un individuo forma parte de una familia y se esfuerza por el bien de ella, adquiriendo de esa manera su máximo bien humano. Pero la familia es a su vez parte de entidades más amplias, a las que necesita por el principio de subsidiaridad, del mismo modo que las sirve y las construye. Y el Estado, así como la nación, no es un absoluto. Lo sería para el nacionalismo, que exalta lo propio y devalúa o ignora lo ajeno. Y cuando una nación agrede a otras, entonces se convierte en enemiga del bien común. Y el patriotismo sólo es legítimo si se considera a la nación, a la que uno ama, como parte de un todo más amplio y, por lo mismo, superior. Y las naciones, además de delimitar contornos muy discutibles y variables, sólo se pueden concebir como partes de la humanidad. El principio de solidaridad se opone al individualismo.

       Concretando un poco más en el terreno de las ideologías imperantes, no hace falta decir que el liberalismo niega este último principio, el de solidaridad, así como el comunismo niega el de subsidiaridad. El nacionalismo podría negar ambos principios en cuanto que, al entronizar una nación que se imagina como absoluta (que a nadie ha de rendir cuentas), pudiera ésta, esclavizando a los mismos individuos que la componen, negar a la vez toda referencia a un todo superior. La nación no es el centro. Sólo puede serlo la persona, que ni ha de ser anulada (por una solidaridad mal entendida) ni tampoco ha de ser aislada del entorno que le da sentido (lo que sucede cuando se exacerba el otro polo).

       Se ha decir, por último, que esta doctrina de los dos principios complementarios e inseparables no es un intento reciente de síntesis de esas ideologías tan parciales y excluyentes que acabo de nombrar. Por el contrario, hunde sus raíces en la filosofía aristotélico-tomista. También tiene que ver con una antigua visión teológica que concibe las relaciones Dios-hombre en clave de mediación: Dios se nos manifiesta a través de sucesivas mediaciones descendentes y nosotros le respondemos a través de esas mismas mediaciones en dirección ascendente, como en una escala. Porque Dios, en esta visión a la vez cristiana y neoplatónica, siendo fuente primera de todos los bienes particulares, es a la vez el bien supremo en que confluyen todos los bienes inferiores participados. Y las ideologías antes nombradas tienen el origen de su perversión precisamente en el olvido de este correcto equilibrio antropológico según el cual la persona es un fin, un todo en sí mismo, y, simultáneamente, parte de un todo más amplio que es la sociedad.



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