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28 diciembre, 2025

MONARQUÍA Y REPÚBLICA

 

                                       


       En las últimas semanas se ha dado una coincidencia que puede hacer pensar. Al menos a mí me ha llevado a hacerlo. Se ha emitido en TVE la serie histórica Ena, basada en lo que vivió (y tuvo que sufrir) Victoria Eugenia de Battenberg. Fue reina de España entre 1906 y 1931. Su marido era un impresentable que se llamaba Alfonso XIII y que se ganó a pulso que tras él se instaurara en nuestro país la República. El otro polo de la coincidencia de que hablaba está protagonizado por el nieto de Alfonso, Juan Carlos I, que ha presentado sus memorias. No le negamos su valía política y la insustituible aportación que hizo a la reconciliación entre los españoles y a la reforma política, pero es evidente que en algunos aspectos ha seguido los pasos de Alfonso. De mí, que no soy monárquico y que, a pesar de eso, desconfío de una posible república española, porque los dos intentos que hubo trajeron más resultados negativos que positivos, puedo decir que sí era “juancarlista” en su momento, pero ya dejé de serlo.

       Sobre el rey actual no sé decir nada negativo, y lo apoyo en cuanto representa simbólicamente la unidad, un bien tan preciado y que en estos momentos resulta tan lejos de la realidad sociológica. Le tengo además afecto, por él mismo y por lo que representa. Ahora bien, creo que tarde o temprano habrá que preguntar a los ciudadanos si quieren monarquía o república. En 1931 sí hubo un consenso sobre el cambio de régimen, pero más bien precario, pues los republicanos no ganaron propiamente aquellas elecciones, que ni siquiera eran generales. El gesto de Alfonso de marcharse fue digno y apropiado. Al menos eso hizo bien. También hubo un consenso en 1978 cuando se aprobó una constitución monárquica. Pero de nuevo habría que decir que tal consenso fue precario, discutible, en cuanto que tampoco se preguntó a los españoles de un modo directo y explícito qué régimen de gobierno querían y en cuanto que la situación era extraordinariamente delicada, después de la dictadura y de la guerra anterior, que estaba tan presente. ¿Estaría de más preguntar a los españoles ahora, cincuenta años después? Creo que no. Por otro lado, también hay que reconocer que el tácito consenso que existe sobre la monarquía no es ajeno a que la de hoy no es ya la de otros tiempos. De hecho, es una monarquía que basa en buena parte su apoyo en que se ha ido transformando para parecerse más a una república. Es verdad que ya no hay una corte, que los reyes son cercanos, que la institución es relativamente sobria (al menos sobre el papel, sin contar con los gastos ocasionados al Estado, vía fondos reservados, para tapar las aventuras del rey anterior). Sin embargo, se podrían abordar algunas reformas, aun sin cambiar el conjunto de la constitución, para acabar con unos privilegios que yo no sería capaz de justificar. Se ha propuesto acabar con el delito específico de “injurias al rey”. Es verdad que no se puede injuriar a nadie. Y la legislación protege a los ciudadanos de la injuria de otros ciudadanos. Pero si se tipifica el delito de “injurias al rey” al final se está cubriendo al rey con una campana que dificulta al menos las críticas necesarias que podrían hacérsele. Y aún peor es la “inviolabilidad”, por la que no se puede sancionar al monarca si, por ejemplo, en una ocasión conduce borracho un coche y hiere a alguien o si, simplemente, defrauda a hacienda. El rey, por cierto, ya tiene un presupuesto suficientemente holgado para que viva bien él y su familia y para realizar dignamente sus funciones institucionales. Si se ha defraudado a hacienda no basta con pedir perdón, hay que devolver lo retenido injustamente, por no decir “robado”.

       El caso es que el mismo Juan Carlos, antes de ser proclamado rey, dijo en una publicación norteamericana que le gustaría “ser el rey de una república”. Como programa no está nada mal. Lo que ocurre es que, analizando los hechos posteriores, se puede comprobar que no todos han ido en esa dirección. También una posible república debería ser más “monárquica” en el sentido de servir no a banderías ni a ideologías extremas sino siempre a la unidad, de modo que todos puedan verse reconocidos en ella, amparados por ella. Que nadie se confunda pensando que la república es democracia sin más, pues los datos empíricos apoyan la afirmación de que la mayor parte de las tiranías y regímenes odiosos de hoy son repúblicas. Y en el caso de que se proclamara una tercera en España, ni hablar de cambiar la bandera. Después de dos siglos y medio de vigencia de la actual, no hacer el ridículo.

 

En la foto, Victoria Eugenia de Battenberg en el bautizo de su bisnieto Felipe, en 1968. Vivía en el exilio en Lausana. Acudió a Madrid sólo para el evento. Murió al año siguiente. 

 



                                                 




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