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24 mayo, 2025

PUENTE MILVIO






 


       La batalla del Puente Milvio se inscribe en el marco de las luchas entre los sucesores de Diocleciano y de Maximiano, quienes se repartían el mando del Imperio desde los años 80 del siglo III. Diocleciano había establecido un nuevo régimen político que los historiadores han llamado Tetrarquía. Él era Augusto de Oriente y Maximiano lo era de Occidente. Según lo establecido, cada diez años, los Augustos habían de ceder el poder a sus sucesores, llamados Césares. Desde 293, Constancio Cloro era César en Occidente y Galerio lo era de Oriente, de modo que hasta cuatro dirigentes compartían el poder (de ahí el nombre de Tetrarquía). Entre 303 y 304 se dieron cuatro sucesivos edictos de persecución contra los cristianos, instigados fundamentalmente por Galerio. 

       En 305 llegó el momento del relevo. Diocleciano y Maximiano habían de retirarse de la política (cosa entonces inaudita) y ceder el puesto de Augusto a los respectivos Césares, quienes habían de nombrar a otros Césares, sus futuros sucesores. Fueron designados Severo en Occidente y Maximino Daya en Oriente. Pero el sistema como tal se derrumbó por la ambición personal de los que lo detentaban. Constancio Cloro murió ya en el año 306 y sus legiones proclamaron al hijo de éste, Constantino, como su legítimo emperador. Tampoco se conformó Majencio, hijo de Maximiano, ni siquiera el mismo Maximiano, que por lo visto echaba de menos el poder. Como alianza política, se fraguó el matrimonio, en 307, de Constantino con Fausta, hermana de Majencio. No obstante, el enfrentamiento entre ambos (que hoy llamaríamos "cuñados") fue acreciéndose con los años, hasta llegar al año 312. Majencio dominaba entonces la ciudad de Roma. 

       Las legiones de Constantino venían por el norte, por la Vía Flaminia. Llevaban dibujado en sus escudos el crismón, un signo que hacía referencia a Cristo, según una visión que habría tenido Constantino que le aseguraba la victoria (HOC SIGNO VINCES, "Con este signo vencerás"). Una parte del ejército de Majencio, como él mismo, pereció al ser los soldados arrinconados en la orilla norte del río (donde yo me encontraba al hacer la grabación). No pudiendo resistir, fueron empujados al agua. Constantino entró victorioso en Roma y a partir de entonces fue ya el único dominador de Occidente (Severo había muerto en 307 y Maximiano en 310). En Oriente el hombre fuerte, en 312, era Licinio, quien también había tenido que eliminar pacientemente a todos sus enemigos... 

       Constantino y Licinio se encontraron en Milán en la primavera del 313. El llamado "edicto de Milán" amplió la tolerancia hacia los cristianos que ya había sido establecida por Galerio, obligado por el fracaso de sus medidas persecutorias, en el 311, días antes de su muerte. La colaboración entre Constantino y Licinio se prolongó hasta el año 324, en que se produjo el enfrentamiento entre ambos, resuelto igualmente en una batalla, la de Crisópolis, en la que resultó vencedor Constantino. Constantino, ya dueño absoluto del Imperio, fundó una nueva capital sobre la antigua colonia griega de Bizancio, y le dio su nombre, Constantinopla. Constantino murió en 337, pocos días después de haber sido bautizado. Repartió de nuevo el Imperio entre sus hijos.

05 noviembre, 2024

CONCILIO DE NICEA







         Según una extendida explicación, entre simplificadora y falseadora, el Concilio de Nicea (del año 325) habría sido una operación política para justificar el dominio de Constantino en el Imperio Romano y de paso hacer una iglesia alejada de sus orígenes en Jesús de Nazaret y basada a partir de ese momento en el dominio del clero.

        No veo una relación lógica entre proclamar la divinidad de Jesucristo y un régimen político absolutista, como si el absolutismo derivara de esa divinidad que se encarna, al considerarse un gobernante absoluto como el representante de dicha divinidad. Se podría también razonar justamente al contrario: porque Cristo es rey del mundo, por eso no puede haber otro que ocupe su lugar.

         Esto desde el punto de vista conceptual. Desde la facticidad histórica, regímenes autoritarios, tiránicos o totalitarios han aparecido justificados en diversas religiones, no sólo en el cristianismo, así como también en ideologías humanistas y también en ideologías ateas, como el comunismo o el nazismo. Por consiguiente, esta tendencia humana tendrá otras raíces, no dependiendo de un rasgo específicamente cristiano.

         Otro punto importante, también histórico, es que tanto Constantino como sus hijos y sucesores en el Imperio volvieron a apoyarse, sólo unos pocos años después de Nicea, no en los ortodoxos o católicos, defensores del credo niceno, sino en los arrianos. Lo hicieron tal vez por la sencilla razón de que veían que esta tendencia resultaba más apoyada por la población y decantarse por ella resultaba así algo más útil para el mantenimiento del orden, orden que no dejaría de apuntalar su propio poder.

        Un problema del concilio fue cómo expresar esa condición divina de Cristo de un modo que fuera preciso e inequívoco. Arrio decía explícitamente que el Verbo de Dios era una criatura, si bien una criatura excelsa, creada antes que todas las demás y modelo de la formación de ellas. Los Padres del Concilio apreciaron que no bastaba con decir que Cristo era “Hijo de Dios”, pues, como señalaban los mismos arrianos, también lo somos los humanos, o al menos los humanos redimidos por Cristo. Algunas expresiones que tenemos en el Credo actual se introdujeron entonces: “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”. La última expresión, “de la misma naturaleza que el Padre” (“homooúsios to Patrí” o “consubstantialem Patri”) fue la verdaderamente controvertida. No era una novedad absoluta, pues ya había sido utilizada por los occidentales (de lengua latina) en otras ocasiones para expresar que Cristo y el Padre no eran dos dioses sino un solo Dios, una sola naturaleza divina. En cambio, para los griegos, ampliamente mayoritarios, tenía malas connotaciones, pues la misma palabra, “homooúsios”, había sido utilizada por algunos herejes para expresar una cosa muy distinta, que el Padre y el Hijo no eran sino dos aspectos o modalidades de lo mismo, del mismo ser. Entonces, para ellos, utilizar ahora el término sería dar la razón a esos herejes, como Pablo de Samosata o Sabelio. Sin embargo, el mismo emperador Constantino hizo campaña a favor del “homooúsios”, aconsejado por un obispo occidental, Osio de Córdoba, hombre de su confianza que ya llevaba años a su lado y que lo había orientado en otros temas religiosos. Bajo esta recomendación del emperador, que – hay que reconocerlo – fue en realidad una coacción, los obispos votaron a favor de introducir en el Credo el término. Y los pocos que no lo hicieron fueron desterrados. Después del Concilio, cuando los obispos regresaron a sus sedes, algunos de ellos manifestaron públicamente que se arrepentían de haber puesto su firma. Así que el problema doctrinal no se resolvió entonces. Tuvieron que pasar muchas décadas hasta que, por fin, a fines de ese siglo IV, se impuso el cristianismo niceno, ahora de la mano del emperador Teodosio, de origen hispano como Osio.

         Con la perspectiva que nos dan los siglos podemos comprender que, siendo el “homooúsios” una novedad en la expresión, no lo era en cuanto al contenido que quería representar: que Cristo preexistía junto al Padre, que había sido enviado por el Padre al mundo, que se había manifestado y enfrentado a poderes de este mundo y que Dios lo había justificado – que es como decir que le había dado la razón. Efectivamente esta experiencia de la Resurrección, por la que tantos habían dado su vida en la comunidad fundada por Cristo, era la experiencia fundante que había permitido la misma existencia de la Iglesia. Y esta experiencia había que definirla con unos conceptos que no fueran ambiguos, sino claros.

        De modo que, al final, se impuso el Credo niceno, por la profundidad de esta experiencia y convicción eclesial, y no tanto por el apoyo político, que también. Este apoyo político, dentro del Imperio Romano, no fue uniforme sino parcial (no siempre ni en todos los lugares). Otra derivación histórica es que el arrianismo se expandió en el siglo IV, después de Nicea, fuera del Imperio. De hecho, algunos pueblos bárbaros, como los godos, se hicieron arrianos antes de su entrada dentro de los límites de éste. Los godos penetraron en Hispania en el siglo V y alcanzaron el dominio total de ese territorio durante el VI. Se encontraron un pueblo hispanorromano que ya era católico, niceno, y, al final, ellos también se adaptaron. En el III Concilio de Toledo (año 589) renunciaron al arrianismo y se fundieron con la religión del pueblo que habían conquistado. Porque no siempre los dominadores de un país imponen su religión. Hay varios ejemplos de lo contrario y éste es uno de ellos.

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