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02 abril, 2023

DOS PRINCIPIOS SUPREMOS

        Desde la filosofía personalista, existen dos principios supremos de organización de la sociedad, aquella sociedad equilibrada que tiene como centro a la persona: el principio de subsidiaridad y el de solidaridad o del bien común. Ambos son complementarios e inseparables. Hablan sobre la relación mutua entre las diversas entidades intermedias que van desde el átomo social, que es el individuo, hasta el todo que abarca máximamente, que es la humanidad global. El principio de subsidiaridad es como una flecha que va de arriba abajo. El principio del bien común, de abajo arriba.


       El principio de subsidiaridad se podría formular diciendo, en términos abstractos pero iluminadores, que lo que pueden hacer por sí mismas las entidades inferiores (inferiores en extensión) no tienen por qué hacerlo las superiores. Lo que está arriba ha de servir a lo que está abajo, pero no suplantarlo. Aquella función, por ejemplo, para la que una familia se basta, educar o alimentar a unos hijos, no habría de cumplirla una entidad superior, como una asociación del tipo que sea o el Estado. Ahora bien, cuando de hecho no se basta, entonces sí puede venir alguna de esas entidades en ayuda, “subsidio”, de la misma familia, un subsidio que no sería una sustitución, sino que serviría para corregir, complementar y perfeccionar. De la misma manera un gobierno de un país ha de respetar la autonomía de entidades como ciudades, regiones, etc. O una entidad supranacional no podría anular la competencia de los Estados… Tampoco la familia puede anular a los individuos que la componen (cosa que se da, por cierto, en una sociedad patriarcal). Ni un posible gobierno mundial, deseable por el principio de solidaridad, podría hacer "tabula rasa" de todas las diferencias culturales y convertirse en una tiranía homogeneizadora. La entrega de una “renta universal” a los ciudadanos, en nombre del principio de solidaridad, podría ser coherente con este principio de subsidiaridad, pero también podría llegar a oponerse si conllevara desestimar el valor del autoperfeccionamiento y del propio trabajo de los individuos, que dejarían de ser sujetos creativos para convertirse en vegetales a los que hay que mantener (por no eliminarlos). El principio de subsidiaridad se opone al colectivismo.

       El principio de solidaridad se podría formular diciendo que la máxima perfección de cada entidad inferior está en buscar conscientemente el bien de las entidades superiores, por lo que, paradójicamente, ha de relativizarse a sí misma para realizarse. Podemos decir que, en algún aspecto, ha de sacrificarse por ellas. Y este principio se aplica, igualmente, en todos los niveles. Un individuo forma parte de una familia y se esfuerza por el bien de ella, adquiriendo de esa manera su máximo bien humano. Pero la familia es a su vez parte de entidades más amplias, a las que necesita por el principio de subsidiaridad, del mismo modo que las sirve y las construye. Y el Estado, así como la nación, no es un absoluto. Lo sería para el nacionalismo, que exalta lo propio y devalúa o ignora lo ajeno. Y cuando una nación agrede a otras, entonces se convierte en enemiga del bien común. Y el patriotismo sólo es legítimo si se considera a la nación, a la que uno ama, como parte de un todo más amplio y, por lo mismo, superior. Y las naciones, además de delimitar contornos muy discutibles y variables, sólo se pueden concebir como partes de la humanidad. El principio de solidaridad se opone al individualismo.

       Concretando un poco más en el terreno de las ideologías imperantes, no hace falta decir que el liberalismo niega este último principio, el de solidaridad, así como el comunismo niega el de subsidiaridad. El nacionalismo podría negar ambos principios en cuanto que, al entronizar una nación que se imagina como absoluta (que a nadie ha de rendir cuentas), pudiera ésta, esclavizando a los mismos individuos que la componen, negar a la vez toda referencia a un todo superior. La nación no es el centro. Sólo puede serlo la persona, que ni ha de ser anulada (por una solidaridad mal entendida) ni tampoco ha de ser aislada del entorno que le da sentido (lo que sucede cuando se exacerba el otro polo).

       Se ha decir, por último, que esta doctrina de los dos principios complementarios e inseparables no es un intento reciente de síntesis de esas ideologías tan parciales y excluyentes que acabo de nombrar. Por el contrario, hunde sus raíces en la filosofía aristotélico-tomista. También tiene que ver con una antigua visión teológica que concibe las relaciones Dios-hombre en clave de mediación: Dios se nos manifiesta a través de sucesivas mediaciones descendentes y nosotros le respondemos a través de esas mismas mediaciones en dirección ascendente, como en una escala. Porque Dios, en esta visión a la vez cristiana y neoplatónica, siendo fuente primera de todos los bienes particulares, es a la vez el bien supremo en que confluyen todos los bienes inferiores participados. Y las ideologías antes nombradas tienen el origen de su perversión precisamente en el olvido de este correcto equilibrio antropológico según el cual la persona es un fin, un todo en sí mismo, y, simultáneamente, parte de un todo más amplio que es la sociedad.



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