Dice FRITHJOF SCHUON (1907-1998) en su De la unidad trascendente de las religiones dentro del capítulo “Limitaciones del exoterismo”:
“Si Dios quisiera someter al mundo entero a una sola religión, los argumentos de ésta no serían tan débiles, ni los de ciertos sedicentes “infieles” tan fuertes; dicho de otro modo: si Dios no estuviera más que del lado de una sola forma tradicional, la potencia persuasiva de ésta sería tal que ningún hombre de buena fe podría sustraerse a ella”
El primer comentario es que las religiones se inscriben dentro de un ámbito o nivel de conocimiento que implica la mínima certeza de sus afirmaciones o “creencias”, frente a los otros dos niveles que corresponden a las creencias ordinarias y a las creencias científicas. Las creencias ordinarias tienen la certeza suficiente (no es total) para que podamos guiarnos por ellas en las operaciones de la vida de cada día. Las creencias científicas se sostienen por un consenso de la comunidad científica y tienen ya un fuerte componente arbitrario: la ciencia no refleja una objetividad inapelable de las cosas sino una manera concreta de organizar dicha objetividad de acuerdo con los conceptos humanos, conceptos que varían según las subjetividades, las culturas, los intereses económicos…
Las religiones, en cuanto cosmovisiones, no superan el nivel de la hipótesis plausible sobre lo que es el mundo en su totalidad. Todas ellas, o al menos las más importantes, son compatibles con los “hechos” del mundo. Es decir, ninguna es refutada de un modo claro por ellos. Y por eso se sostienen, basándose además en la necesidad que tenemos todos los humanos de encontrar una orientación en la vida. Dentro de las cosmovisiones se encuentran también, por cierto, el ateísmo y el agnosticismo, con su igualmente discutible visión que privilegia unos hechos, negando o distorsionando otros.
El segundo comentario se refiere a la trascendencia de la divinidad, que se resiste siempre a ser encerrada en palabras o conceptos definitivos. Y el apofatismo de la divinidad es una forma de escepticismo. Y una actitud que debería acompañar a los hombres, religiosos o no, es la humildad, por la que, aun guiándome por mis propias creencias, me abro a la posibilidad de que las de otros sean o bien complementarias de las mías o bien incluso más adecuadas.